Se ha cumplido ya una década desde el doble y sorpresivo lanzamiento de Cada can que lamba o seu carallo y Os corenta e oito nomes do inimigo (Matapadre, 2016) por parte de los santiagueses Malandrómeda. Hoy nos detenemos a reflexionar: ¿cuál es la huella que dejaron estos dos trabajos alumbrados en el mismo año? ¿Cómo ha envejecido su propuesta con el paso del tiempo?
¿Cómo se define una vanguardia en su nacimiento si, por definición, no hay referentes?
Costumbrismo, vanguardia, psicodelia, surrealismo… son etiquetas que orbitan habitualmente alrededor de este dúo de hip-hop, y todas ellas resultan acertadas, pero se quedan cortas para abarcar su obra.
Malandrómeda respira, en realidad, un aire de música experimental. Partiendo de una base de hip-hop, logran tejer historias con la maestría de los grandes narradores, sumergiéndote a través de sus bases en atmósferas tan dispares como el cine de terror, una verbena de pueblo o una cama con Barry White. Todo muy ecléctico como podéis ver.
Esta amalgama de géneros y conceptos podría resultar incoherente, pero es su faceta más destacada, la narrativa, la que actúa como pegamento, dotando a todo de sentido y marcando la verdadera diferencia.
Cuando escuchas un riff de Tom Morello, un solo de Hendrix o un tema de Jamiroquai, identificas al instante su firma. En el caso de la formación compostelana, no es el alarde técnico lo que sobresale, sino su genial manera de relatar historias y, de forma muy especial, su tan personal cosmovisión.
‘Os corenta e oito nomes do inimigo’: la soportable levedad del ser
Sirva como ejemplo el corte ‘Pelegrín, Pelegrín, Pelegrín’. En él, Hevi (MC del dúo) nos presenta a un personaje en paro sobre una instrumental que evoca una lúgubre escena de Drácula, pero es el enfoque lo que realmente llama la atención. ¿Habla acaso de precariedad o indefensión? No; se trata, en el fondo, de una peculiar oda a la amistad. El protagonista observa los bares vacíos porque todos sus conocidos están trabajando, y es esa profunda soledad temporal lo que le atormenta.
Otro destello de genialidad es ‘Encontro con *!@#$%!!’, una pieza nostálgica sobre una relación pasada que, salvando las distancias estilísticas, remite a la emotividad de ‘Mi Caramelo’ de Bersuit Vergarabat. De nuevo, es su forma de contar las cosas la que destaca. ¿Cómo es posible crear un tema profundamente sentimental utilizando sonidos sacados de dibujos animados y salir, no ya indemne, sino creando una pieza de redención?
Son estos puntos de vista los que elevan la propuesta de Malandrómeda.
‘Cada can que lamba o seu carallo’: la felicidad del cíclico aquí y ahora
Si el disco anterior funciona como un refugio intimista donde aflora ese «pesimismo feliz» tan suyo, en Cada can que lamba o seu carallo se destapa su vertiente más festiva, sin renunciar jamás a esa morriña intrínseca.
En ‘Bótalle caldo’ asisitimos a una precisa radiografía sociológica de un día de verbena en Galicia, facturada a ritmo de cumbia. Es aquí donde el dúo muestra su versión más bailable, una semilla que germinaría con fuerza en sus trabajos posteriores.
Pero la emoción, y no solo el baile, vertebra este álbum. Queda patente en ‘Máis millor’, donde Hevi indaga en esos instantes efímeros que se graban a fuego en la memoria; esas anécdotas que repetimos en bucle con nuestros amigos año tras año, ahondando en esos sentimientos difusos, en ese «no sé qué», en la certeza de haber vivido un día, un verano, una época perfecta sin saber acotarla, un estado de flow absoluto que engrandece las amistades.
También hay espacio para la reivindicación mordaz. En ‘Golibuz’, lanzan una crítica al mundo del arte y a la modernidad vacía, siempre desde su inconfundible cotidianidad y, para la ocasión, creando una especie de ritmo de electrónica Bollywoodiense.
¿Sigue ‘en forma’ esta doble entrega diez años después?
En mi opinión, son obras ya atemporales. Las temáticas, las bases, los giros irónicos y la visión del mundo de Malandrómeda mantienen una vigencia absoluta una década después de haber sido coronados como discos nacionales del año en la revista Rockdelux en 2016.
Resulta curioso que, tras semejante hito, no hayan vuelto a publicar un LP tradicional. Sus entregas recientes han tomado la forma de EPs, formatos más concisos donde dan rienda suelta a su cara más festiva y menos intimista que caracterizó a Os corenta e oito.
Pero no por ello el dúo ha bajado el listón; cortes como ‘En días libres’ o ‘Unha casa no camposanto’ (incluidos en el EP San Amaro) desvelan su faceta más orientada a la pista de baile, abrazando ritmos daftpunkianos y estribillos enormemente pegadizos.
Por su parte, su último lanzamiento, Rapeiradas, supone un guiño a sus orígenes (su debut Chegan tarde data de 2006), adentrándose en un hip-hop de corte más clásico, pero empapado de esa retranca innegociable, brillando especialmente en letras como ‘Trampa pra turistas’.
CODA: La vanguardia incombustible
Es un mérito mayúsculo lograr que una propuesta tan rupturista siga respirando vanguardia diez calendarios después. Conquistar esa atemporalidad que mencionábamos es la frontera exacta que separa un buen disco de una obra magna.
- Sí, Os corenta e oito nomes do inimigo y Cada can que lamba o seu carallo son hijos innegables de su tiempo.
- Sí, sumergirse en su atmósfera puede requerir un salto de fe por parte de algunos oyentes.
- Y sí, hacen uso de autotune, tan denostado por unos como venerado por otros.
Pero su originalidad, su “coherencia esquizoide” y, en definitiva, su talento narrativo y cosmovisión, hace que ambos trabajos sigan más que vigentes.
Extra: A continuación podéis ver un clip de la presentación de ambos discos, la cual hicieron a través de una ruta de 14 bares en Santiago de Compostela. Únicos hasta en esto.
