American Football: La casa sigue encendida

Hay un punto de partida en la historia de American Football que ya de por sí nos pone en territorio absurdo. Una banda con apenas dos años de vida, que edita un único disco en 1999 con poca repercusión y que se separó sin hacer mucho ruido, ha terminado por ocupar un lugar capital en el imaginario de varias generaciones, ya que no solamente han hecho de su debut un clásico, sino que han redefinido retroactivamente lo que entendemos por emo, por indie o incluso por nostalgia. En ese sentido, American Football son más importantes como percepción que como fenómeno musical, su relevancia está más allá de lo que hicieron, está en cómo ha sido escuchado después.

Urbana, Illinois

Para irnos a los orígenes de la banda en Urbana, Illinois, en 1997, es necesario que nos centremos en lo que es la escena del medio oeste estadounidense, alejada de grandes focos mediáticos y desarrollándose de forma más introspectiva, menos visceral, donde la emoción del emo era menos gritada y más insinuada.

Allí, un joven Mike Kinsella aterriza después de Cap´n Jazz, una banda que pone los parámetros de influencia y caos a la par, mientras que Steve Holmes y Steve Lamos aportaban una formación más técnica, cercana al jazz y al math rock. Este mix es la clave en American Football, ya que sonarán emocionales, sí, pero también extremadamente calculados. Las guitarras no se conforman con acompañar, construyen en base al twinkly, el arpegio característico del Midwest Emo, la batería articula sin golpear, y de paso se nos cuela un invitado inusual, una trompeta que puntualmente nos traslada a ese aire nostálgico que impregna todo su cancionero.

LP1 (1999): Extrañar el lugar donde nunca estuviste

Un disco evocador y fantasmagórico, parece que ha existido siempre, pero en su momento no le hizo caso nadie. Su posterior canonización es justa y proporcionada, ya que escuchado hoy, sigue siendo una experiencia desconcertante y sobrecogedora al mismo tiempo. Frente a otros compañeros de escena, aquí no hay urgencia, no hay clímax guitarrero, no hay intención por epatar. Solo con escuchar los primeros compases de “Never Meant” te puedes hacer una idea, patrones de guitarra que se van repitiendo con ligeras variaciones, como si fuesen pensamientos recurrentes o bucles emocionales, mientras la delicada voz de Kinsella se va deslizando con naturalidad y espontaneidad.

Lo que lo hace especial y relevante no es tanto su técnica (que la hay), sino su forma de evocar a la memoria, ya que no hay una secuenciación o narrativa lineal, sino fragmentos, una conversación, un verano que se acaba… La parte final de “Honestly” es perfecta para ilustrar esa sensación, aunque sería injusto desmenuzar este álbum por piezas, ya que funciona perfectamente en su formato completo.

Su influencia posterior es inmensa. Sin este álbum sería difícil entender a bandas como Modern Baseball, TTNG o incluso ciertas derivas del indie contemporáneo que han incorporado esa mezcla de precisión técnica y vulnerabilidad emocional. Canciones como “Stay Home” configuran toda una corriente estilística. Obra maestra.

Desaparición y proyectos de los Kinsella

Y, de repente, todo desaparece, sin tragedias, sino como una nota a pie de página. Ahí es donde comienza el mito. Sin lanzamientos, sin giras, sin noticias. American Football se quedan suspendidos en el tiempo, convertidos en la cápsula emocional de finales de los 90. A partir de ahí su ópera prima empieza a popularizarse y circular especialmente en los primeros espacios y publicaciones digitales y gracias al boca a boca (hola Soulseek) el disco circuló como un secreto compartido contribuyendo a agrandar su aura.

Reducir American Football a sí mismos sería un error. Gran parte de su relevancia se entiende mejor si se observa el ecosistema creativo que lo rodea, especialmente en torno a Mike Kinsella.

Tras American Football, con Owen, Kinsella llevó su escritura hacia un terreno mucho más desnudo, donde la guitarra acústica y la voz sostienen prácticamente todo el peso emocional. Es, en cierto modo, la versión más confesional y directa de su universo.

En Joan of Arc, en cambio, optó por un enfoque más fragmentado, la ironía y la experimentación constante. Aquí las canciones se deforman, se rompen, se reconstruyen. Si American Football es contención, Joan of Arc es dispersión.

Proyectos como Owls recuperan parte del nervio de Cap’n Jazz, pero con una conciencia distinta, mientras que Birthmark, liderado por Nate Kinsella, introduce elementos electrónicos y ambientales que amplían aún más ese universo sonoro.

Todo este entramado convierte a American Football en algo más que una banda que se separa, se trataba de un nodo dentro de una red creativa mucho más amplia.

2014: La nostalgia se vuelve presente

“En la música, la nostalgia siempre ha sido la emoción más poderosa”, decía Simon Reynolds en su celebrado libro “Retromanía». En 2014 suenan las sirenas y llega la ansiada reunión, con el enigma de si será un ejercicio de mirada al pasado coyuntural de la época, pero la banda entiende que no pueden sostener su legado únicamente en base a repetir su pasado. En este caso, lo interesante no fue que volvieran, sino como lo hicieron. 

LP2 (2016): Crecer sin traicionarse

American Football (2016) en su día fue un disco incómodo y se podría decir que decepcionante para parte del público, no por ofrecer en su reaparición un conjunto de malas canciones, sino porque no ofrece lo que el oyente espera, y ahí radica gran parte de su valor.

Aquí la banda suena más lenta, más densa, menos luminosa. Las canciones se desarrollan con paciencia, como si necesitaran tiempo para desplegarse. Las letras abandonan el territorio de la evocación juvenil para adentrarse en cuestiones más complejas en base a relaciones que ya no funcionan, decisiones que pesan, la sensación de haber tomado caminos que no eran exactamente los previstos.

No es un disco inmediato, ni pretende serlo. Es, más bien, una reflexión sobre lo que significa envejecer dentro de un lenguaje que originalmente estaba asociado a la juventud. Injustamente tratado en su día, American Football no eran la misma banda que hacía 15 años y eso parecía complicado de digerir.

LP3 (2019): Abrir las ventanas

Con American Football (2019), la banda decide ir un paso más allá. El sonido se expande, se vuelve más atmosférico, más cercano en algunos momentos al dream pop o incluso al post-rock. La ventaja que tuvo el disco contra su predecesor es que el público lo juzgó ya por lo que era y no por lo que esperaba.

Las colaboraciones vocales introducen nuevas perspectivas, rompiendo la homogeneidad del discurso y aportando matices distintos, como ejemplo, tenemos a Hayley Williams de Paramore en “Uncomfortably Numb”. El resultado es un disco más abierto, menos centrado en la introspección pura y el ombliguismo que a veces les lastra, ya que aquí hay más interés en generar atmósferas.

Aquí la nostalgia ya no es el eje central. Sigue presente, pero diluida en un contexto más amplio, casi como una textura más dentro del conjunto, abriendo una ventana que no existía en su segundo álbum, las posibilidades se multiplican y nos dejan con ganas de a donde irán en el futuro con una banda que está creciendo en medio de su madurez.

LP4 (2026): La madurez de un fantasma

Su ansiado cuarto álbum confirma algo que hace años habría parecido improbable, American Football es una banda con presente y continuidad real, no solo un recuerdo reactivado. Si las tres anteriores entregas sonaban a ensoñación, esto ya se mete en un capa más profunda, el quinto nivel de Inception. 

En este punto, su música ya no puede entenderse únicamente desde el emo o el indie de los noventa. Hay una voluntad clara de explorar nuevas formas, de ampliar el lenguaje sin perder del todo la identidad. Es, en cierto modo, la culminación de un proceso de maduración que comenzó con su regreso.

La introducción con “Man Overboard” ya nos da pistas con una introducción muy post rock donde la batería se quiebra en patrones rítmicos imposibles, “No Feeling” con Brendan Yates de Turnstile es una pieza donde retoman el espíritu de su primer disco, y con piezas como “Bad Moons” y “Desdemona” configuran el corazón experimental y emocional del disco, con el factor nostálgico sonando verdaderamente genuino y sintiéndose como el comeback que quizá la gente esperaba en su regreso. Un álbum mucho más coherente, regular y conectado con su pasado para bien que sus dos discos anteriores.

Influencia: Del culto al estándar

Es imposible medir la influencia de American Football y su árbol de sucesores a día de hoy, ya que, sin ser explícito, están en todas partes. Su manera de entender la guitarra, las estructuras de canciones, su equilibrio entre emoción y técnica… Se trata de elementos que han penetrado en multitud de escenas. Desde el emo revival de los 2010 hasta corrientes de indie más próximas en el tiempo, su huella es evidente, con un legado y un presente que va más allá de lo musical, sino como forma de sentir, con una mezcla justa y perfecta entre melancolía, distancia y precisión que convierte la cotidiano en trascendental y conmovedor.

American Football han resultado ser un fenómeno inaudito. Una banda que funciona como clásico de culto encapsulado en el tiempo que ha sido mil veces reivindicado, pero al mismo tiempo, como banda que resurge cuando ya nadie contaba con ellos para seguir labrando un camino en base a momentos de intimidad, y no tanto a regresos grandilocuentes, porque esa es su esencia. No buscan impresionar, ni actualizarse constantemente, ni competir en intensidad. Se limitan a observar, a reconstruir, a insistir en esa idea de que la emoción no siempre necesita ser explícita para ser profunda.

Quizá por eso, más de veinte años después, la casa de la portada sigue encendida. No como un símbolo vacío, sino como un espacio al que seguimos volviendo. Make Emo Great Again.