Deep Purple: Splat! – Álbum de la semana A26/S30

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Helsinki, 17 de noviembre de 1993. La formación clásica de Deep Purple (conocida como el «Mk II») celebra su 25.º aniversario con nuevo disco y gira mundial. La etapa europea del tour termina ese día en Finlandia. Unos 15 días después ofrecerán 8 conciertos en Japón, con todo vendido.

Cuenta la leyenda que, nada más terminar el concierto, Ritchie Blackmore —guitarrista y motor principal del grupo— se baja del escenario, sale del recinto y monta en un coche que lo espera para llevarlo al aeropuerto. Ha decidido que ya está bien. Que no soporta más las tensiones, y en concreto a su cantante, Ian Gillan, con quien el conflicto es continuo (recomendamos investigar el incidente de los espaguetis durante la gira). Además, lleva dos años avergonzado por el lamentable estado de su voz.

Blackmore se marcha sin avisar. Aunque sabían que podía ocurrir en cualquier momento, sus ya excompañeros se enteran de la espantada en los camerinos. Los cuatro miembros restantes pasan esa noche en Helsinki discutiendo cómo salvar la gira japonesa. Necesitan cuanto antes un genio de las seis cuerdas. Joe Satriani descuelga el teléfono, dice OK, se aprende el set en unos días y salva el tour.

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Ian Gillan y Ritchie Blackmore

En 1996 Deep Purple publica su nuevo disco, «Purpendicular». Un LP soberbio que supone la presentación de su nuevo guitarrista, Steve Morse —Guitar Hero de moda por entonces—, quien ocupará el hueco dejado por el hombre de negro durante los siguientes 26 años. Tal vez sea su mejor trabajo desde los años setenta, pero la popularidad ya no es la misma… El nombre de Ritchie Blackmore pesa y vende mucho: al fin y al cabo, es el creador de los riffs más icónicos del grupo y uno de los guitarristas más influyentes de la historia.

En los 16 años siguientes Deep Purple apenas edita 3 discos de estudio, cada cual con peores ventas que el anterior. El grupo se desvanece del imaginario colectivo. Sus nuevos trabajos pasan desapercibidos y llegan a plantearse no volver jamás al estudio: grabar un disco que ya no comprará nadie cuesta dinero. Pero las giras dan muchísima pasta, así que hacen las maletas y se echan a recorrer el mundo de manera indefinida.

Y tras 7 años de sequía discográfica, en 2012 aparece Bob Ezrin al rescate…

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Bob Ezrin

El legendario productor de «The Wall» concierta una reunión con la banda y le hace una propuesta: quiere convencerles de volver a grabar. Pero habrá condiciones. Ezrin será el jefe; se grabará en Nashville; se registrará en directo, todos tocando juntos en la misma sala, como en los viejos tiempos; se harán las mínimas tomas posibles y se acabaron los temas de 7 minutos. Desde entonces, aplicando esa filosofía, Bob Ezrin y Deep Purple han facturado 5 trabajos de estudio de gran calidad entre 2013 y 2024. Y han recuperado su popularidad. Y ahora, en 2026, 58 años después de su primer LP, llegan con su vigesimocuarto álbum de estudio: «Splat!».

Deep Purple 2024
Deep Purple en el estudio (2024)

Las canciones

«Splat!» reúne 13 canciones y una duración total de 50 minutos. Dice Ian Gillan que han hecho su disco más heavy en décadas.

Tal vez sea exagerado afirmar que el heavy metal es el estilo predominante del LP, pero sí es cierto que incluye algunas de las canciones más contundentes de su carrera. Buen ejemplo es «Arrogant Boy», el corte que abre el álbum: de lo más duro y veloz que han grabado en cinco décadas. Para quien esto escribe es la mejor canción del disco y, probablemente, un futuro clásico para los más fanáticos. Ojo al dato: 78, 80, 80, 78 y 47 son las edades de los miembros de Deep Purple… Estos ancianos —con una media de 79 años, si no contamos al guitarrero yogurín de 47— suenan aquí como una apisonadora.

«Diablo» es el segundo tema del disco: un riff purpeliano clásico, hardrockero y de medio tiempo, que se te mete en la cabeza. Sin ser un hit, es una gran canción.

Soy muy fan de las letras raras, absurdas, cómicas y, a la vez, casi siempre críticas de Ian Gillan. Un ejemplo es «The Rider», uno de mis cortes favoritos del álbum: un rock bastante sencillo, de aire gamberro, en el que Gillan se ríe de las extravagantes exigencias de algunos artistas para tocar. «The Only Horse in Town» es un tema más comercial, en el que un hombre y un caballo se miran y sienten que conectan de inmediato. Pero la locura máxima llega con «Guilt Trippin’», un estupendo tema de heavy metal (¡con Gillan de nuevo en los agudos!) en el que Dios y Charles Darwin conversan en un pub. Ambos se sienten culpables del desastre en que se han convertido la raza humana y el planeta.

Me sorprendieron, y para bien, «The Lunatic» —con sus aires arábigos— y «Sacred Land». Representan la vertiente más heavy metal o heavy rock del disco (no me apetece discutir sobre etiquetas…) y, para mí, guardan cierto parentesco con los álbumes clásicos de Rainbow (¡¡ja, ja!!, ¡chúpate esa, Blackmore!).

«Third Call» rebosa clase, nivel premium. Tiene algo de The Doors y mucho del buen Alice Cooper de los setenta. Y eso mola. Ian Paice, a la batería, te hace flipar… Una canción prodigiosa. Por cierto, a Alice Cooper también lo «resucitó» hace unos años Bob Ezrin…

Con «The Beating of Wings» bajan las revoluciones. No está mal, aunque es el mismo tipo de balada de aire blusero que aparece en casi todos sus discos desde los años noventa.

«Scriblin’ Gib’rish» es un rock pesado de estribillo pop, pero con otra letra fabulosa: una crítica, con mucho humor, sobre el impacto de la tecnología en el lenguaje.

«Jessica’s Bra», aunque se agradece, resulta un poco lo de siempre: hard rock purpeliano con melodías de aire folk. Si faltara, no lo echarías en falta. Eso sí, los solos de Don Airey y Simon McBride son espectaculares.

«My New Movie» es Deep Purple del bueno: rock setentero del que nos gusta, con un aire a «Strange Kind of Woman».

El disco se cierra con «Splat!», de lo mejor del álbum. La canción habla del final de la raza humana, del salto del plano físico al espiritual. Toda una sorpresa, este rock de medio tiempo, con unos arreglos atmosféricos soberbios de Don Airey a lo largo de toda la pieza. Un cierre magnífico.

Coda

Me encanta este disco. Y me encanta, entre otras cosas, porque no hay intención comercial de ningún tipo. Son 5 tíos ya muy mayores haciendo lo que les da la gana y, de paso, invitándonos a reflexionar. Porque «Splat!», sin ser un disco conceptual, juega con la idea de que, como sociedad, avanzamos a un ritmo tan vertiginoso que estamos cometiendo demasiados errores. Aun así, nos animan a conservar la esperanza: todo cambio, por mucho que cueste, acabará siendo para mejor.

El disco tiene muy buen sonido y se aleja bastante de los estándares actuales de producción, técnica y artística. Hay canciones notables y una idea que transmitir. Para mí está casi a la altura de su anterior trabajo, «=1» (2024), que —llamadme loco— creo que figura entre los seis mejores discos de Deep Purple. El grupo suena estupendamente, como siempre. «Splat!» nos muestra a una banda renovada y clásica a partes iguales.

A Gillan le queda, desde hace 30 años, apenas un cuarto de voz. Pero lo sabe y se adapta. Y le funciona, porque le ocurre lo que a Robert Plant: sus cuerdas vocales ya no carburan, pero te cantan una nana y te derrites como el malo de «Terminator 2».

Ian Paice (batería) y Roger Glover (bajo) siguen tan soberbios como siempre a su edad. Seres superiores. Qué clase, qué nivel…

Simon McBride (guitarra) puede tocar lo que quiera, pero lo importante es que entiende por dónde caminan las canciones y qué debe aportar. Es un todoterreno. Sin ser un copión, te regala solos que lo mismo evocan a Blackmore que a Steve Morse, aunque con estilo propio.

El MVP se lo damos a Don Airey (teclados). Este señor lleva 20 años siendo el verdadero motor del grupo. Firma solos, rítmicas y atmósferas con una elegancia exquisita, y hace mejores las canciones. Su talento es insultante.

Deep Purple no está hecho para la industria musical actual. Son de otra época. Es como en el fútbol: muchas de las figuras más talentosas de hace décadas quizá no encajarían hoy, cuando priman la táctica, los números y el físico. Con Deep Purple —y con algunos de sus contemporáneos— sucede lo mismo. Hay que dejarlos ser. Que vuelen a su aire. En cuanto persiguen el hit o la producción de moda, empiezan los problemas, porque la maquinaria de la industria actual ya no está pensada para ellos. Y eso lo sabía Bob Ezrin, y se lo hizo entender a la banda: rebelándose contra el sistema establecido, se revitalizaron y volvieron a ser un grupo con algo que proponer.

Si te dijera que hay una banda de hard rock que entre 2013 y 2024 ha publicado 5 álbumes de estudio con los que ha logrado 16 números 1 en 11 países europeos, pensarías que hablo de Foo Fighters, los Rolling Stones o AC/DC. Si te dijera que esa banda es la de «Smoke on the Water», te sonaría extraño.

El disco anterior de Deep Purple, «=1» (2024), fue número 1 en las listas de más vendidos de Alemania, Suecia y Suiza, y Top 3 en Austria, Polonia y Finlandia. En España llegó al número 42. «Whoosh» (2020) fue número 1 en Alemania, Finlandia, Austria, Suiza, Bélgica, Escocia y Gales, y Top 5 en Suecia, Noruega, Hungría, Polonia, República Checa y el Reino Unido. En España llegó al número… ¡¡50!!

España es un «microclima musical» dentro del viejo continente… No entraremos a debatir si para bien o para mal (en mi opinión, para mal). Si vives aquí, puede que no te hayas enterado de que Deep Purple vuelve a pesar en el rock internacional. Saca buenos discos, y eso hay que agradecerlo y aprovecharlo. Pensemos que, por cuestiones biológicas, dentro de cinco o diez años no tendremos ya ni a Deep Purple, ni a los Rolling Stones, ni a AC/DC, ni a Paul McCartney, ni a Robert Plant, ni a Eric Clapton, ni probablemente a Iron Maiden. Artistas que siguen componiendo canciones más que decentes y que, por lo general, van al margen de modas y tendencias.

Estamos en el tiempo de descuento. Disfrutemos lo que nos queda.