Esto no es un artículo sobre Zahara; no vamos a dedicárselo a nadie en concreto.
Esto no es un artículo sobre motivación, pero sí sobre intención.
Esto no es un artículo sobre traumas pasados, aunque puedan ser un eje impulsor.
Esto no es un artículo para criticar a nadie, sino para ensalzar la audacia, la exploración y los benditos saltos al vacío que a veces encontramos en ciertas trayectorias artísticas.
La carrera de Zahara parecía bien encaminada: una (gran) cantautora con un camino claro, seguir haciendo buenas canciones sin mirar atrás ni, lo que es más crucial para lo que aquí nos ocupa, hacia los lados. Tantos y tantos artistas han levantado toda una trayectoria de este modo, desde intérpretes y cantautores como Ana Belén, Joan Manuel Serrat o Silvio Rodríguez hasta bandas como AC/DC o Iron Maiden. Creadores que abrazan su estilo y componen durante décadas canciones que emocionan a miles de personas.
¿Hay algo intrínsecamente malo en no cambiar?
No, ningún pero ni reproche a los artistas mencionados, que han cosechado carreras maravillosas y alcanzado hitos impresionantes.
El asunto que nos trae es simplemente distinto y, como en la vida, en la variedad está el gusto. Y es justamente esa diversidad la que nos convoca, porque es en esos espacios tangenciales, esos lugares en los que algo apenas nos roza y que solemos pasar por alto, donde pueden gestarse obras realmente excepcionales o, al menos, piezas capaces de hacernos reflexionar o emocionar, objetivos fundamentales del arte.
Arte y liminalidad
Cuando no obviamos ese punto tangencial en el que ya no sabemos con exactitud si hemos cruzado al otro lado, se abren los espacios liminales: lugares en los que habitamos la ambigüedad, donde las reglas anteriores empiezan a dejar de ser útiles y toca desaprender, experimentar y, en ocasiones, comenzar de cero en ciertos elementos.
Es un claro momento de crisis provocado por ese lanzarse sin red, y es eso mismo lo que lo convierte también en un espacio de máxima creatividad, de metamorfosis, al romper con las reglas previamente aprendidas.
Antes de ensalzar el riesgo, permíteme un apunte sobre motivación e intención
Intención y motivación no son exactamente lo mismo. En el terreno del arte plástico abundan los ejemplos, como el de Rubens: su fama generaba una demanda enorme y llegó a montar un taller para producir su obra a escala. Está claro que aquellas superproducciones «industrializadas» del pintor flamenco respondían a una motivación financiera, pero ¿resta eso valor a su obra?
En cuanto a la música, pongamos como ejemplo la época dance de Dover. ¿Fue su motivación exclusivamente crematística? Lo desconozco; puede que sí o puede que no, nadie está dentro de sus cabezas y podemos hacer todas las cábalas que queramos, que no dejarán de ser irrelevantes. La pregunta pertinente, en mi opinión, es otra: ¿cuál era su intención? En este caso parece claro que la de crear algo nuevo y distinto de su pasado. Y es esto, la intención, lo que hace verdaderamente humanas las decisiones artísticas.
La motivación de una IA puede entenderse como su motor funcional: la recompensa es la fuerza que guía su conducta. Pero una IA no tiene intención, porque no hay en ella una vivencia interna y subjetiva de querer lograr algo, no hay conciencia detrás del proceso.
¿Qué tienen en común Zahara, Radiohead, Björk, David Bowie, Madonna y Rosalía?
Pues a priori, además de ser artistas y, damos por hecho, amantes de la música… por compartir, no comparten ni país ni idioma.
Pero es en sus trayectorias donde asoman esos saltos al vacío que tanto enriquecen las escenas y sirven de paracaídas para artistas venideros.
Bowie construyó su carrera sobre la liminalidad, pero su giro más extremo llegó a mediados de los setenta: atrapado en su personaje del Thin White Duke y con problemas de drogas, huyó a Berlín con Iggy Pop y, lejos de la industria, se sumergió en el krautrock y el ambient junto a Brian Eno. De ahí nacieron Low y «Heroes», minimalismo electrónico y pop de vanguardia.
Björk, reina del indie pop electrónico gracias a Debut y Post, se aisló en Málaga tras una insoportable presión mediática en Londres y derivó hacia un sonido más crudo y menos happy, con cuerdas clásicas que evocaban los volcanes y el frío de Islandia: así firmó Homogenic (curioso, por cierto, inspirarse para ello desde Málaga).
Madonna lleva en la vanguardia desde el principio; Rosalía sorprende disco a disco con una nueva vuelta de tuerca (también junto a Björk en «Berghain», de LUX); y Radiohead pasó del (para algunos) cénit del rock alternativo de OK Computer al universo electrónico de Kid A, huyendo de la asfixia de la fama y del formato de guitarra, bajo y batería que ya sentían como una jaula.
CODA: el riesgo como parte de la expansión de los límites
Que una artista como Zahara pase de la canción de autor clásica a montar raves en sus conciertos con bases de The Prodigy o Nine Inch Nails no es, digamos, lo habitual, pero sí una bendición caída del cielo. No se trata de que el estilo anterior tuviera menos valor, sino de que empujar ciertas barreras y romper con lo que debe o no debe ser, encierra un valor per se, tanto en el arte como en la vida.
No siempre salió bien, ni siempre saldrá bien. Cuánto no se ha denostado a Dover por su álbum dance, Follow the City Lights, desde su propia base de seguidores tras el enorme éxito de sus discos anteriores. La banda, según sus propias declaraciones, simplemente quería probar cosas nuevas y disfrutó haciéndolo.
No es esta una perorata para aleccionar sobre que todo disco arriesgado tenga que gustar, sino una reivindicación del riesgo como elemento creativo y, sobre todo, de la comprensión y la empatía hacia el artista. Así que larga vida a Zahara, al Omega de Morente y Lagartija Nick o, por supuesto, al Lulu de Metallica y Lou Reed.
