¡Ay, la juventud! En numerosas ocasiones, el ritmo imparable de nuestro entorno nos empuja a abandonar ese espíritu improvisador y esperanzador que nos da el ímpetu juvenil para rendirnos al concepto de “madurez”. Friko, la banda de Illinois, ha hecho de su joven carrera un paralelismo con esa dicotomía en la que apuestan incondicionalmente por ese arranque de valentía, en ocasiones ingenua, pero que siempre vale el riesgo.
Desde su impactante debut en 2024, Where We’ve Been, Where We Go From Here, la banda ha pasado de ser un dúo a un cuarteto sólido con la incorporación de Korgan Robb y David Fuller. Bajo la guía del productor ganador del Grammy, John Congleton (St. Vincent, Alvvays), han facturado uno de los discos más consistentes del año. «Something Worth Waiting For» brilla pese al hype por las nubes que había tras su debut, y lo han logrado con un sonido de mayor proyección donde las dinámicas de «del silencio al estallido» permanecen, fluyendo con una cohesión perfecta y moviéndose entre una instrumentación expansiva y una atmósfera exuberante y melancólica.
La apertura con «Guess» establece el tono del disco a modo de introducción explosiva. De ahí pasamos a la euforia pop de «Still Around», que busca un rayo de esperanza con un estribillo adhesivo diseñado para el directo. El sencillo «Choo Choo» es la pieza central y una de las canciones del año: una metáfora del tránsito frenética donde la sección rítmica avanza como un tren fuera de control, mientras la voz de Niko Kapetan (una suerte de mezcla entre la afectación de Conor Oberst de Bright Eyes y el aullido de Isaac Brock de Modest Mouse) destila una inquietud eufórica.
Es difícil no hablar de las influencias, pero Friko las lleva con orgullo y, la verdad, no las esconde. Hay destellos de los mejores Arcade Fire, pero sobre todo una fuerte impronta de The Beatles. Temas como «Certainty», una pieza barroca de pop de cámara con arreglos orquestales en modo Philip Glass, o la melodía de «Seven Degrees», que suena muy Bowie. Por su parte, «Alice» es una balada de pop-rock sin complicaciones que crece hasta un clímax espectacular de pianos y coros, mientras que «Hot Air Balloon» ofrece un jangle pop del «bonito, bonito» que retoma el deseo de escape.
El tema «Something Worth Waiting For» ejerce como clímax del disco: parte del freak folk y se rompe en una explosión de noise rock abrasivo y distorsionado. Temáticamente, el álbum recorre el espectro de la juventud sin romantizarla cínicamente. El cierre con «Dear Bicycle» es una balada slowcore nocturna que utiliza la imagen de una bicicleta oxidada como símbolo de dónde estamos y de dónde venimos, sin olvidar «a dónde nos queda por ir».
En el caos de incertidumbre en el que vivimos, Friko se confirma a base de canciones con un buen equilibrio entre epicidad e intimismo, sin grasa sobrante. Al final, este disco es una invitación a seguir moviéndonos antes de que la vida nos endurezca. Friko no solo ha evitado la «maldición del segundo disco», sino que se ha posicionado en una liga propia.
