Diría que bastó una primera escucha a ciegas para entender por qué este trabajo no ha parado de rodar en el boca a boca del underground. Lo de La Estrategia del Caracol y Cámara Chilena de la Destrucción no es la típica alianza contractual donde dos bandas juntan descartes para rellenar un formato. El hambre y las ganas de comer se siente como un álbum de estudio cohesionado y feroz, una batalla campal de ocho temas donde ambas partes se alimentan de la misma rabia para entregar uno de los trabajos más redondos de la escena independiente latinoamericana en lo que va de año.
Lo que verdaderamente hace funcionar a esta entrega de unos 30 minutos es la brillante dinámica de intercalar los temas, logrando un fluir narrativo que te agarra del cuello y no te suelta. Por un lado, los santiaguinos de La Estrategia del Caracol aportan los cortes impares desplegando un post-hardcore catártico e implacable. Hay en su sonido un híbrido fascinante entre el math rock áspero, ráfagas de screamo e incluso guiños al aura densa y ominosa de Slint o incluso Radiohead. Canciones como «Panqui» o la desquiciada «Sama Sushi Bar» avanzan mediante estrofas construidas sobre melodías limpias y líneas de bajo pesadísimas, solo para desembocar en estribillos caóticos donde las guitarras explotan sin coger prisioneros.
En el otro lado del cuadrilátero, Cámara Chilena de la Destrucción aporta los temas pares con un enfoque más melódico pero igual de certero. Desde Temuco, la banda rescata la esencia del Midwest emo y el emo-pop noventero (llegando a recordar por momentos a tótems del género como The Brave Little Abacus), con líneas de guitarra hiperactivas que sorpresivamente traen a la memoria la brillantez pop de ciertos openings de anime noventeros. Es en piezas como «Código Morse», «Raúl Ducci Claro» o la gloriosa «GTA Santiago» (posiblemente la mejor canción del disco) donde la nostalgia te pega de lleno en el pecho con unas letras miserables en el mejor sentido posible, coros hiper-emotivos y un dinamismo rítmico que te dan ganas de salir corriendo a toda velocidad.
En resumen, más que dos EP pegados a la fuerza, esto se percibe como una declaración de intenciones conjunta. Entre cambios de ritmo impredecibles, ráfagas de distorsión y pasajes atmosféricos que rozan el doomgaze, El hambre y las ganas de comer confirma que la mecha creativa en Chile está más encendida que nunca. Si te va el rock alternativo rabioso, sentimental y sin rodeos, este álbum es la entrada directa al mejor ruido que se está haciendo en el continente americano.
