Mastodon: De la intelectualización del metal al triunfo del escapismo fantástico

En septiembre de 2011, el suplemento Tentaciones de El País publicaba un artículo cuyo titular causó cejas levantadas en los foros de la época: «‘Metal’ para gafapastas». El texto, firmado al calor del inminente lanzamiento del quinto álbum de Mastodon, The Hunter, ponía palabras a un fenómeno que llevaba años gestándose y reproduciéndose: el buscar en el heavy metal (históricamente denostado por la intelligentsia musical), un embajador respetable y presentable dentro del mainstream. Un caballo de Troya que no supusiera una vergüenza nivel aparecer con calcetines blancos en una cena de gala.

Mastodon eran bautizados de forma habitual como «los Radiohead del metal» como les ha pasado alguna vez también a grupos como Deftones. Una etiqueta tan halagadora para los recién llegados como innecesaria o incluso ofensiva para habituales del género. Catorce años después, con la perspectiva que da el tiempo, aquel artículo no solo define una era concreta de la música contemporánea, sino que destapa una verdad incómoda sobre el consumo cultural a la hora de tener la constante necesidad de intelectualizar ciertos géneros considerados de baja estofa o vulgares para justificar su consumo ante la masa biempensante.

Sin embargo, el tiempo es el único crítico musical infalible. Hoy, cuando el hype de Mastodon se ha asentado en una comodidad más respirable y reservada para fans fieles, descubrimos que el metal nunca necesitó ser validado por la academia, y que al igual que en el cine de terror, este género no tiene por qué ser elevado para ser relevante.

I. El nacimiento del mito y el Olimpo del ‘Hype’

Para entender cómo llegamos al concepto de «metal para hipsters» en el caso de Mastodon, hay que viajar a la primera década de los 2000. Mastodon nacen del lodo del sludge de Atlanta, pariendo monolitos de pura violencia sónica como Remission (2002) y Leviathan (2004). Eran técnicos, brutales y densos. Pero había algo en su ADN que llamó la atención de una prensa musical que habitualmente miraba al metal por encima del hombro. Incluso con grupos como Tool, la simpatía venía de sectores adyacentes al progresivo, no a pensar que podrían ser los próximos Metallica, como sí pasó con Mastodon.

A diferencia del nu metal coetáneo (visto como un berrinche adolescente de chándal y rimas de pichas) o del metalcore de producción milimétrica y sintética, Mastodon invocaba la épica de las novelas de Herman Melville, la mitología, y los viajes astrales. Cuando en 2009 lanzaron Crack the Skye, una ópera rock progresiva sobre la Rusia zarista, el misticismo astral y la parálisis cerebral, la crítica «seria» se fijó más todavía en ellos y dictaminó la sentencia de que esto no era metal peatonal, aquí había una coartada intelectual.

En su prime, Mastodon fue la banda perfecta para el oyente que quería escuchar algo duro pero requería un armazón intelectual que lo respaldara en sus círculos sociales. Escuchar a Mastodon iba más allá del headbanging. Analizar la métrica de sus baterías o desentrañar el concepto detrás de sus portadas se convirtió en el deporte favorito de una nueva hornada de seguidores que rara vez se habrían comprado un disco de Judas Priest. Eran los elegidos para llevar el metal al gran público de masas no metaleras y el techo era altísimo.

II. ‘The Hunter’ y la paradoja del Gafapastismo

Y entonces llegó The Hunter en 2011. La ironía del artículo de El País es que se publicó precisamente cuando Mastodon decidió, nos sabemos si con trolleo o no, bajarse de la torre de marfil. Cansados de la densidad de las suites de trece minutos, facturaron un disco de canciones directas, estribillos coreables y ritmos casi bailables como «Curl of the Burl».

Fue un punto de inflexión. Para el público más indie que los acababa de descubrir, el disco era una puerta de entrada accesible. Para los puristas del metal, un pastiche estilístico algo difícil de digerir. Pero, sobre todo, destapó el artificio de la validación externa. El «metal para gafapastas» empezó a evaporarse nada más nacer, en el momento en que la banda dejó de sonar como un rompecabezas matemático y empezó a sonar, simplemente, como una excelente banda de rock duro.

La intelectualización del género demostró ser una condición de doble filo. Si el valor de una banda de metal depende de lo mucho que se parezca a un ensayo filosófico o a una pieza de King Crimson, ¿qué ocurre cuando la banda solo quiere divertirse o exorcizar sus demonios de forma directa? O peor aún: ¿qué pasa cuando la etiqueta de «modernos» pasa de moda?

III. El aterrizaje forzoso: Cuando no eres Metallica (y está bien)

A mediados de la década pasada, el veredicto del mercado se hizo evidente. Mastodon no se convirtió en la banda gigantesca que los estadios parecían augurar. No rellenaron el vacío de Metallica ni alcanzaron los números de Tool. Álbumes posteriores como Once More ‘Round the Sun, Emperor of Sand o el notable Hushed and Grim (2021) mantuvieron un nivel compositivo altísimo y un público fiel, pero el hype de la prensa generalista se mudó a otros pastos tangenciales al metal extremo como Deafheaven.

Hoy en día, Mastodon es una banda asentada, respetada y de culto, pero ya nadie escribe artículos sobre ellos en los suplementos dominicales de los periódicos de tirada nacional. Las élites se marcharon cuando el metal dejó de ser una novedad exótica en sus listas de reproducción anuales.

Este enfriamiento del fenómeno nos obliga a hacernos la gran pregunta: ¿Por qué esa obsesión con validar el metal a través de la complejidad intelectual o la supuesta “seriedad”? ¿Por qué para que el establishment cultural acepte una guitarra con distorsión, esta tiene que venir envuelta en un concepto sobre la teoría de cuerdas o la secuencia de Fibonacci?

IV. El triunfo de la fantasía: Elogio a Iron Maiden

Es aquí donde el péndulo de la historia nos devuelve al punto de partida, pero con una lección aprendida después de tantos años. Mientras el mundillo alternativo buscaba con desesperación bandas que justificaran su placer culpable por el ruido, bandas como Iron Maiden siguen llenando estadios en todo el planeta sin haber cambiado un ápice su propuesta en cuarenta años.

Iron Maiden representa todo lo que el crítico snob odia o teme: es un espectáculo conscientemente exagerado. Hay un zombi gigante de tres metros paseando por el escenario, canciones basadas en novelas de ciencia ficción, tipos de setenta años corriendo en mallas y un catálogo de riffs que apelan a la emoción primaria, al escapismo puro y a la catarsis colectiva.

Históricamente, el metal clásico ha sido ridiculizado por su falta de ironía. Se le ha tachado de infantil, de anacrónico, de «fantástico» en el sentido más despectivo de la palabra. Pero el tiempo ha demostrado que esa falta de pretensión es, precisamente, su mayor fortaleza histórica. Los fans de Iron Maiden no necesitan un artículo de tres páginas que les explique por qué Powerslave es una obra maestra de la música contemporánea para poder escucharlo en el coche. Se valida a sí mismo a través de Winston Churchill, faraones, poemas de Coleridge y comunión en sus conciertos.

La era de la intelectualización del metal pecó de una soberbia tremenda al creer que el género necesitaba ser rescatado de sí mismo. Que para ser respetable, un músico de metal debía renegar del escapismo y la fantasía y abrazar el minimalismo y el diseño gráfico de vanguardia. El fracaso de Mastodon en su asalto a los cielos del mainstream comercial absoluto demuestra que el metal funciona peor cuando intenta agradar a quienes lo miran con condescendencia.

mastodon grammy

V. Conclusión: Metal para metaleros

Mirar hoy hacia atrás, a esa era donde Mastodon eran «los Radiohead del metal», nos deja un sabor de boca agridulce pero clarificador. Valoramos enormemente la discografía de Mastodon (una de las bandas más ricas, complejas y honestas de este siglo), pero la valoramos por lo que es: una grandísima banda de metal, no un certificado de sofisticación para oyentes con prejuicios hacia el género.

Hemos aprendido que hay ciertos géneros que no hace falta intelectualizar para validar. El metal, en su vertiente más teatral, fantástica y directa, se maneja de forma genuina porque no le debe nada a nadie fuera de su propia comunidad. 

Mastodon: Guía rápida

  • Remission (2002)
    La carta de presentación: puro barro, violencia sónica y sludge de la vieja escuela. Ideal si buscas agresividad cruda, gritos viscerales y ritmos machacones. Por dónde empezar: «March of the Fire Ants».
  • Leviathan (2004)
    Su primera gran obra maestra, un viaje conceptual inspirado en Moby Dick que definió el metal de los 2000. Equilibrio perfecto entre la brutalidad de sus inicios y una complejidad técnica asombrosa. Por dónde empezar: «Blood and Thunder».
  • Blood Mountain (2006)
    El disco de la transición: las estructuras se vuelven locas, progresivas y llenas de giros psicodélicos. Un laberinto de guitarras esquizofrénicas no apto para mentes cuadriculadas. Por dónde empezar: «Colony of Birchmen».
  • Crack the Skye (2009)
    La cima de su era imperial: una ópera rock astral, densa, melódica y profundamente emotiva. Su trabajo más progresivo y respetado por la crítica, imprescindible escuchar del tirón. Por dónde empezar: «Oblivion».
  • The Hunter (2011)
    El polémico giro comercial: canciones cortas, estribillos pegadizos y un sonido mucho más rockero. La puerta de entrada perfecta para los no iniciados en el metal extremo debido a su accesibilidad. Por dónde empezar: «Curl of the Burl».
  • Once More ‘Round the Sun (2014)
    Continuación de la senda directa de su predecesor, pero con un toque mucho más psicodélico y gamberro. Rock duro contemporáneo de estadio con riffs adictivos y voces cada vez más limpias. Por dónde empezar: «Tread Lightly».
  • Emperor of Sand (2017)
    Un regreso a los álbumes conceptuales (suena como si le encargaran la BSO de Indiana Jones a una banda de metal), combinando su accesibilidad moderna con la épica de antaño. Consiguieron sonar accesibles pero manteniendo la oscuridad e intensidad de sus mejores años. Por dónde empezar: «Sultan’s Curse».
  • Hushed and Grim (2021)
    Un monumental doble álbum cargado de melancolía, madurez, pasajes atmosféricos y solos de guitarra desgarradores. Una obra madura y reposada, compuesta tras la dolorosa pérdida de su mánager de toda la vida. Por dónde empezar: «Teardrinker».
  • Marrow Deep (2026)
    Una nueva etapa se abre tras la marcha y posterior fallecimiento de Brent Hinds (guitarra y uno de los centros creativos de la banda). Un álbum que asfixia desde un formato de metal progresivo al once, sobrecargado y con decenas de lecturas (y colaboraciones) que nos da a entender que Mastodon no quiere convertir el disco en un simple tributo o un paso intermedio. Todo suena a nuevo ciclo, con más presencia de los teclados y donde la complejidad reina sobre los temas más directos. Irá creciendo con el tiempo. Por dónde empezar: “Snakes for Dinner”.