Placebo: De peor al mejor

Allá por 1996, el brit-pop dominaba el planeta rock, el grunge se apagaba y aún no existía la invasión MTV de pop punk y nu metal de final de siglo. Impasible, sólido como una piedra, ahí permanecía la «vieja confiable» del rock alternativo. Placebo debutaba con un álbum canónico donde meten en la coctelera los principios básicos del género acompañados de sus temáticas introspectivas sobre drogas, sexualidad, androginia y mucha, mucha melancolía e infinita tristeza. A partir de ahí, una carrera de 30 años con altos y bajos muy diferenciados en dos mitades que coronan este 2026 con la celebración de su aniversario en forma de gira, donde tocarán sus dos primeros trabajos. Hoy nos ponemos a repasar su discografía de menos favorito a más favorito. Por supuesto, por riguroso orden subjetivísimo.

Battle for the Sun (2009)

Con la banda en estado crítico tras la marcha de Steve Hewitt a la batería, Placebo inicia nueva etapa con un petardazo que solo puede mirar cara a cara a otros discos de su discografía si lo comparamos con su sucesor. Creatividad nula, estribillos repetitivos y molestos y unas letras sacadas del Nuevo Vale. ¿Lo bueno? La intro de «Kittie Litter» podría estar bien si no fuese por esa decisión de producción que lastra gran parte del disco al hundir la parte instrumental tras la voz de Molko. «Ashtray Heart» podría haber sido un single de su época dorada, pero prefiere meter unos coros cantando «Corasón de Senisero» (esto es real). «For What It’s Worth» destaca pero, una vez más, las decisiones en el sonido la estrangulan en una especie de post-punk revival pasadísimo para 2009. Un inicio de etapa tremendamente fallido.

Loud Like Love (2013)

Desde el minuto uno muestra el momento bajo, poco inspirado y, sobre todo, desenfocado en el que estaba la banda. La producción no se sabe si quiere jugar a ser más pop friendly o mantener la tensión eléctrica de los días de gloria, y se hacen palpables los problemas de formación e inestabilidad de la banda. Respecto a las canciones, poco que decir: piloto automático en su mayoría y una búsqueda de ser lo más radial posible que, al no conseguir hits, da mucha cosa. Pese a todo, puede que sea el típico caso de «no me gusta porque a nadie más le gusta», pero no puedo decir que me guste. Entre lo salvable, «Too Many Friends» tiene un estribillo aceptable (pero unas estrofas horrendas); «A Million Little Pieces» tiene una cadencia interesante, pero una parte lírica que arruina el asunto; «Scene of the Crime» podría ser de lo mejor, pero se pone tan «intensita» que se cae al foso. Salvamos un final del disco apañado con «Begin the End» y «Bosco». Delicadas y sutiles. Algo es algo.

Never Let Me Go (2022)

Salimos de la UCI. Nueve años después de Loud Like Love, y ya conformados como dúo, la banda acomete su intento de resurrección elegante y comedida con un disco que mira, como siempre, al rock alternativo pero también al noise o al industrial de maneras muy tangenciales; algo así como su Songs of Faith and Devotion (aunque no llegue ni al nivel de Ultra). Ganamos en sutilidad tanto en las canciones como en la producción pero, a cambio, se va todo lo que hacía a Placebo ellos mismos y ese bailar de vez en cuando en el límite de la autoparodia con esos toques tan edgies en los que no sabías si amarlos o matarlos. El disco es planito, largo de más y no especialmente memorable, pero sí lo suficientemente interesante para que sea muy lícito compararlo con obras suyas de las que hablaremos a continuación. Puede que gane con el tiempo. Lo dejamos en observación.

Sleeping with Ghosts (2003)

En su pico de popularidad y expectación por nuevo material, Placebo se viene arriba e intenta su asalto a las masas. La banda aquí se ve sobrada y se nota en el atrevimiento que refleja empezar con una intro instrumental como «Bulletproof Cupid» (su «Fuckin’ in the Bushes» particular) o añadir arreglos electrónicos en las bases que ya vendrían para quedarse en temas redondos como «English Summer Rain», la bonita «Centrefolds» o la canción titular. Los singles arrasaron: «The Bitter End», «This Picture» o «Special Needs» son clásicos de su repertorio y es uno de los discos más apreciados por los fans. Pero, pese a ello, ¿qué nos hace meterlos en esta zona media de la tabla? El disco está muy desequilibrado entre aciertos y meteduras de pata tan gordas como el experimento fallidísimo que es «Something Rotten», la intensidad impostada de «I’ll Be Yours» o «Protect Me from What I Want», o canciones que suenan a refrito de sus tres primeros discos como «Plasticine» o «Second Sight». Disco memorable pero penalizado por irregular y por tener una portada que parece un anuncio de Levi’s.

Meds (2006)

Tras el éxito de su predecesor, doblan la apuesta y se meten en un disco «más» en todo. Más largo, más oscuro, más colaboraciones… Siendo un disco menos memorable en todo que Sleeping with Ghosts, se acaba convirtiendo en algo más interesante por su afán de echar el resto de lo que les quedaba en el depósito. El inicio es imponente con «Meds» junto a Alison Mosshart de The Kills; «Infra-Red» es un single a la altura de lo que nos tienen acostumbrados; «Because I Want You To» es una favorita personal en la que se les ve más pletóricos que nunca y «Song to Say Goodbye» es un cierre perfecto. Como en su anterior álbum, el desequilibrio entre altos y bajos es muy pronunciado y nunca llega a ser el disco redondo que nos hubiese gustado escuchar a estas alturas. Fue el último álbum con la formación clásica y suena a fin de ciclo. Con todo, en esta colección de canciones se nos cuela un polizón: una producción con el volumen al 200 % que aterrorizó a la época; con las loudness wars en un momento álgido, todo suena comprimido y le hace perder la elegancia hasta al pobre Michael Stipe en «Broken Promise».

Placebo (1996)

Su primer disco es tan canónico de lo que debería ser un disco de rock alternativo en 1996 que dan ganas de cogerlo como ejemplo para crear un molde. Espíritu amateur de un power trío que se quiere comer el mundo, pero con la inocencia que desprenden las canciones de quien aún no es grande ni sabe muy bien qué va a ser porque aún está explorando. De ahí salen las urgentes «Teenage Angst», «Bionic», su primer hit «Nancy Boy», la saltarina «36 Degrees», la juguetona «Hang on to Your IQ»… En fin, un debut solidísimo que, como colección de canciones, podría situarse fácilmente en lo más alto de la lista, y al que únicamente penaliza un tracklist cargado hacia delante, con una segunda parte menos memorable. Todo su encanto y virtud se entremezcla con sus problemas y defectos: es amateur, deslavazado, suena regular, tiene estructuras simples… Todo lo que podríamos decir es para bien y para mal. Una cucada de debut.

Black Market Music (2000)

¿Por encima del primero? ¿Estamos locos o qué? En su día, Black Market Music fue considerado un paso ni adelante ni atrás, y se confundió con inmovilismo o ligeros experimentos fallidos en los terrenos que exploraba. Tras dos discos exitosos, Placebo buscaba dar un tiro de gracia en su tercer álbum y quedó la sensación superficial de que era un trabajo de tres singles efectivos y mucho relleno. Escuchado hoy en día la sensación cambia: el grupo se mueve hacia terrenos donde coquetea con el post-punk, el shoegaze y el noise pop sin complejos y casi siempre acierta en una colección de canciones que, repasada hoy, resulta muy cohesiva en su tono hedonista pero oscuro (dark). El inicio semiindustrial bailable de «Taste in Men» es sugerente y te mete de lleno en el tono del disco; «Days Before You Came» afila el colmillo y «Special K» es de sus mejores singles, con un estribillo que podría ser un puente, una estrofa que podría ser un puente y un puente que podría ser un estribillo: magia. Los baladones marca de la casa funcionan, los momentos shoegaze no se notan forzados y piezas como «Slave to the Wage» (con sample de Pavement) o «Peeping Tom» nivelan un tracklist sin grandes altibajos. Como curiosidad, «Spite & Malice», con un estribillo rapeado por Justin Warfield, es como el Tomacco: sabe mal pero vuelves a consumirlo.

Without You I’m Nothing (1998)

La banda acelera plazos y, de repente, entrega su disco más maduro y redondo en su segundo intento. Aquí todo encaja: la sonoridad de rock alternativo empasta perfecta con el espíritu post-britpop de la época. Comienza el loop de «Pure Morning» y ya vemos que, más que una nueva entrega, es un puñetazo en la mesa. La voz nasal de Molko suena firme y con autoridad, la producción vira a lo profesional y las canciones se hacen mayores de golpe. «Brick Shithouse» es de lo más desatado que han sonado nunca; «You Don’t Care About Us» y «Allergic» son singles redondos; los momentos introspectivos suenan melancólicos y románticos como nunca y tenemos dos de sus mejores canciones en «Every You Every Me», con su icónico ritmo trotón, y «Without You I’m Nothing», que eleva el nivel de sus melodramas a niveles estratosféricos. En cuanto a la parte lírica, Molko encuentra su voz en relatos sobre el arrepentimiento sexual, por las drogas y por el puro arrepentimiento. El hecho de que sea su mejor disco aumenta el enigma sobre su carrera: casi siempre considerados una banda promedio e incluso subpar según a quién preguntes, aquí llegaron a un apogeo temprano que, visto en perspectiva, se nota algo aislado. Tocaron techo, quizá demasiado pronto, pero algunos nunca llegan a tocarlo.