En los ochos años transcurridos desde Honey (2018) hasta la publicación de Sexistential (2026), la vida personal de Robyn ha cambiado radicalmente. Madre soltera, por decisión propia, y sin querer renunciar a su sensualidad (y sexualidad), esta dualidad se convierte en manifiesto en las letras de su nuevo disco.
La artista, siempre rodeada de colaboradores excepcionales, renueva en esta ocasión compromiso con Klas Åhlund —que coescribe el álbum—, Joseph Mount (Metronomy) o Max Martin —el más grande de los productores musicales pop, aquí sus créditos— para entregar nueve canciones que subliman lo que Robyn es para el synth-pop y el electro-pop: una divinidad.
Por un lado, experimentación y ambientes opresivos en la onda de The Knife, como en la canción de apertura, “Really Real”, o en la que da título al trabajo, pura música de club abrasiva, que encajaría en el brat (2024) de Charli xcx. Esta última, ejemplifica su relación con la sexualidad y la maternidad, donde se suceden referencias a apps de citas, fetiches y su crush con Adam Driver (¿o era Adam Sandler?).
Por el otro, los chutes de energía de canciones luminosas como “Dopamine”, un manual sobre cómo hacer una intro perfecta, una estrofa perfecta, un estribillo perfecto y un puente perfecto, todo en la misma canción. Para enmarcar y colgar en el Olimpo de la música pop. En otros hits instantáneos como “Sucker For Love” o “Talk To Me”, la artista sueca nos recuerda por qué las grandes estrellas de generaciones más jóvenes como Lorde, Harry Styles, Carly Jae Rapsen o la propia Charli la reverencian.
Robyn, dueña de una carrera singular, poderosa y feminista, y que además lleva sanando corazones rotos en la pista de baile desde 2010 con “Dancing In My Own (llorar bailando y bailar llorando), sigue marcando el camino para las generaciones por venir: cómo mantenerse auténtica y relevante después de 30 años de carrera.
