Roots, el álbum de 1996 de la banda brasileña Sepultura, cumple 30 años. Fusionar el metal con las raíces tribales de Brasil ya de por sí podría resultar un viaje apasionante; pero lo es mucho más si lo vertebramos a través de un viaje personal que nos lleva desde la Coruña de los noventa hasta la selva del Mato Grosso y vuelta.
En la Coruña de 1996, la conexión con Brasil era una cuestión casi genética. Dejando aparte similitudes idiomáticas con el portugués, si en el patio del cole jugabas un mundialito, te pedías ser Brasil. Esto lo sabe todo el mundo, es una ley inmutable. Aparte de ello, hablo de algo más profundo: una especie de hermandad atlántica que nos hacía mirar hacia el otro lado del océano con una familiaridad extraña, quizá alimentada por los ecos de la emigración y el salitre. Supongo que serían sobre todo cosas del fútbol, pero en el caso que nos ocupa, no encontramos en Brasil la samba o el sol, sino que algunos encontramos una trituradora de percusiones, guitarras afinadas en el subsuelo y pinturas tribales.
En 1997, con trece años, no te enteras muy bien ni de purismos, ni de etiquetas, ni de si el thrash metal se está “vendiendo” a los nuevos ritmos del nü metal. Como adolescente, en mi caso iba en modo exploratorio, liberado inocentemente de prejuicios, que saltaba entre el rock alternativo propio de la época y los clásicos que proporcionaban el hermano mayor y el padre de turno, con una inquietud no muy definida aún por buscar algo que fuese más allá. Necesitaba algo más extremo, una descarga de adrenalina que rompiera con lo establecido, pero yo aún no lo sabía.
La situación sería esta: vamos a cenar con mis padres y unos amigos suyos. El hijo de ellos tiene unos CDs promocionales de la revista Metal Hammer; el disco en cuestión se llamaba Killing Cuts. Como la cena parece que se va a retrasar, nos metemos al coche a escuchar esos discos, que eran un auténtico batiburrillo: compilaciones imposibles, avances, rarezas… Y traía, entre otras cosas, mensajes de contestador automático de varios grupos. En uno de ellos se oía a un tal Max Cavalera, líder de los brasileños Sepultura, con unos ritmos tribales de fondo. Eran tambores que parecían venir de una selva imaginada. Supongo que esto era ese movimiento extremo que estaba buscando. No supe explicarlo entonces, pero entendí que ahí pasaba algo y que aquello no era solo ruido. Había una mezcla que me llamaba: metal extremo y percusión tribal, brutalidad y raíz, distorsión y tierra húmeda.
De Sepultura solo conocía el nombre por revistas como Kerrang! o la mencionada Metal Hammer. Lo asociaba vagamente con algo extremo, probablemente demasiado, como el death metal. Venía (como casi todos) de iniciarme en el metal vía Metallica y todo lo que subiera de esa dureza para mí era un terreno desconocido. Pero lo de Sepultura fue distinto. Fue una atracción estética y conceptual. ¿Una banda brasileña conquistando el mundo con un imaginario de tribus amazónicas y pintura de guerra? La cabeza de un chaval con atracción por el metal suele ser de flipado, te genera un sentimiento de pertenencia inigualable, pero aquello era el flipamiento definitivo.
Es curioso: Roots fue el disco con el que Sepultura dejó atrás el thrash y el death más ortodoxos para adentrarse en terrenos más grooveros, más tribales, lo que después se etiquetaría como nü metal. Muchos fans torcieron el gesto. Venían de la furia técnica de Beneath the Remains, del músculo de Arise, del impacto de Chaos A.D. Y de pronto, aquello sonaba diferente. Más pesado. Más rítmico. Menos velocidad, más tierra. Pero yo llegué ahí sin equipaje previo. No había nada que traicionar. No tenía pureza que defender. Solo tenía hambre.
Conseguí, por un préstamo providencial, el doble CD de The Roots of Sepultura. Por un lado, el álbum Roots (1996) al completo; por el otro, un cajón de sastre con versiones, demos, su directo de Barcelona y temas de su época más cafre. Esa parte más purista por aquel entonces no me entraba tanto. Yo buscaba la selva y el groove. Por desgracia apareció la gran tragedia tecnológica de la época: la duración de la cinta virgen. El disco entero no cabía. Aquella precariedad me obligó a ejercer de editor improvisado, a recortar la obra maestra para que encajara en los 60 minutos de una cinta virgen cualquiera. Fue esa versión mutilada y seleccionada a mano la que se convirtió en mi biblia particular; de hecho, no conseguí tener el álbum de nuevo ya completo hasta un tiempo después.

Billete que contiene la icónica figura indígena que protagonizó la portada de Roots
Roots (1996): 30 aniversario
Roots es un disco mastodóntico en muchos aspectos. 72 minutazos de seísmo tectónico que transitan principalmente entre el groove metal y un incipiente nü metal que se deja ver, aunque tímidamente. Para entender el disco tenemos que mencionar obligatoriamente a una figura como Ross Robinson; el «pope» del género en ese momento aportó en la producción un sonido crudo, sucio, orgánico y contundente, con una afinación de cuerdas bajísima (tendencia que posteriormente se hizo norma), sumado a unas percusiones que casaban perfectamente el groove de Igor Cavalera a la batería con multitud de aportaciones en forma de berimbaus, timbales e incluso bidones de propano.
El inicio te agarra por el cuello y te aplasta sin miramientos. “Roots Bloody Roots” se convirtió en un riff, estribillo e inicio icónicos. Setting the tone a base de un grito de guerra más que una canción. Aquí Max ya se deja querer por un fraseo medio rapeado.
“Attitude” es, posiblemente, de las mejores canciones del disco. Abre con una intro a base de un ritmo de berimbau que nos sumerge progresivamente en un tema tan complejo como aplastante.
“Cut-Throat” es un tema que podría haber estado en su anterior Chaos A.D. Rítmica y con mala uva a raudales.
“Rattamahatta” es uno de los puntos polémicos del álbum. El single más improbable de la década: una colaboración con el percusionista Carlinhos Brown donde el metal se fundía con la batucada de una forma tan salvaje que daba miedo.
“Breed Apart”, “Straighthate” y “Spit” conforman una zona del disco más a piñón, aunque los ritmos quebrados y las texturas extrañas en las guitarras las convierten en canciones que van mucho más allá del relleno o la transición.
En “Lookaway” tenemos otro de los momentos polarizantes. Una pesadilla industrial con Jonathan Davis (Korn), Mike Patton (Faith No More) y DJ Lethal (Limp Bizkit). Es una pista lenta, hipnótica y perturbadora. Patton hace ruidos de otro planeta y el ambiente es tan denso que se puede cortar con un cuchillo. Es el momento más “triposo” del disco.
“Dusted” y “Born Stubborn” son perfectas, grooveras, y cada una en lo suyo se han quedado posiblemente como las pistas que mejor han envejecido. De hecho, por el tono de traca final, podría tratarse del desenlace del disco y no pasaría nada.
Pero no, entramos en la zona del acto final con “Jasco” e “Itsári”, grabadas con la tribu Xavante en el Mato Grosso (de la que más adelante hablaremos). Sepultura tocando guitarras acústicas junto a los cánticos de la tribu. Esto podría haberse quedado en un mero gesto de postureo, pero es el corazón espiritual del disco. Sobrecogedor.
“Ambush” y “Endangered Species” nos devuelven al activismo a base de pesadez pura y agónica acompañada de percusión selvática. El final resume perfectamente la esencia del disco: un trallazo hardcore punk de minuto y medio en “Dictatorshit” y una jam de 13 minutos de sonidos grabados en un cañón. Ecos, piedras, ruidos extraños… un poquito de chill después del apocalipsis.
El sueño tribal (y febril) de Max Cavalera

Roots no es un disco conceptual; sobrevuela muchos temas de índole social, pero generalmente se le mete en este saco por su línea estética y por las pistas grabadas en directo en plena Amazonia. La historia de cómo terminaron grabando con la tribu de los Xavante en el Mato Grosso es el pico máximo de mi flipamiento con este disco. Agárrate:
Todo empezó porque Max Cavalera tuvo un sueño en el que literalmente grababa con indígenas brasileños. Podría haber pensado «qué sueño más raro» y seguir tomándose el café, pero en lugar de eso llamó a la oficina de asuntos indígenas de Brasil (FUNAI) y les dijo algo así como: “Hola, somos una banda de metal del país y queremos grabar con una tribu”. La respuesta de la FUNAI fue, lógicamente: “Estáis locos”.
Tras un infierno de papeleo y burocracia, los Xavante (una tribu conocida por su espíritu guerrero y su resistencia histórica) aceptaron recibirlos. Pero había condiciones: nada de tecnología invasiva masiva, respeto absoluto a sus rituales y tenían que viajar en una avioneta destartalada cargando solo lo esencial.
Esto desembocaría en la surrealista imagen de cuatro tíos con pelo largo, tatuajes y camisetas de bandas extremas bajándose de una avioneta en mitad del Mato Grosso. Los nativos, obviamente, los miraban como si fueran alienígenas. Para ser aceptados, los miembros del grupo tuvieron que integrarse pintándose el cuerpo con urucú (un tinte rojo natural), comiendo su comida y durmiendo en sus chozas.

Lo más curioso fue cuando los Xavante les preguntaron qué hacían, así que Max les puso un cassette de Sepultura. Los indígenas, lejos de asustarse, alucinaron con la energía. Vieron en el metal una forma de “grito de guerra” similar a sus propios rituales. Hubo una conexión instantánea de “tribu a tribu”, así que finalmente la colaboración cuajó y grabaron al aire libre, bajo un calor asfixiante, con grabadoras portátiles de ocho pistas. Sin metrónomo ni claqueta, simplemente guiándose por el pulso de la tierra, dejándose llevar por los cánticos de la tribu mientras la banda les seguía con sus instrumentos acústicos. De hecho, en “Itsári”, la toma es única, sin trampa ni cartón.
Cuando Sepultura se fueron, les dejaron las guitarras y algunos instrumentos a los Xavante. Años después, algunos miembros de la tribu recordaban la visita como el día que “los hombres de pelo largo vinieron a cantar con nosotros”. Ross Robinson dice que esa experiencia cambió la energía del resto del disco. Después de estar en la selva con los Xavante, no podían volver al estudio y grabar algo “normal”. Tenían que grabar algo que sonara a supervivencia y comunión.
Despertar del sueño
Hay símbolos que condensan épocas. Para mí, uno de ellos fue un regalo de cumpleaños: una camiseta de la selección brasileña, verde y amarilla, con el escudo transformado en una S hecha de huesos y espinas —el logo de Sepultura— y el número 10 a la espalda con el nombre de la banda. Aquella camiseta no era solo merchandising. Era una declaración de identidad adolescente. Era decir: yo estoy aquí. Yo pertenezco a esto. Yo soy un flipado. Lo que no sabía es que, aparte de flipado, estaba siendo gafe.
Poco después, Max Cavalera abandonaría el grupo tras tensiones internas con Andreas Kisser (guitarra), desavenencias de la banda con su mánager y tragedias personales. Cavalera fundaría Soulfly, donde seguiría explorando esa mezcla de groove y tribalismo. Sepultura continuaría con Derrick Green, iniciando una nueva etapa. Mi epifanía identitaria se terminaba de golpe y en la cúspide.
Sin embargo, antes del gran silencio, el destino me regaló un último baile en 1998. Fue en la gira “Diabolus on Tour”, donde Sepultura venía con Slayer. En mi ignorancia juvenil, me indigné: “¿Cómo era posible que Sepultura no fueran los cabezas de cartel?”. Yo aún no procesaba la magnitud de la leyenda de Slayer, y mucho menos sabía quiénes eran unos tales System of a Down que abrían la noche como unos imberbes teloneros que apenas empezaban a asomar la cabeza.

Vimos a los nuevos Sepultura con Derrick Green. Y aunque faltaba Max, mi camiseta de Brasil y yo botamos como auténticos gorrinos en una charca cuando sonaron “Roots Bloody Roots” y todos los clásicos. Fue un exorcismo necesario antes de que llegara el hiato, ese gran vacío en el que muchos nos desconectamos de ambos bandos, perdidos entre los lanzamientos desiguales de Soulfly y una Sepultura que buscaba su nueva piel. Tuvieron que pasar más de veinte años para que la herida cicatrizara. Fue en un Download Festival, allá por 2019, cuando me reencontré con Max Cavalera al frente de Soulfly. Fue como unir la pieza del puzle que faltaba.
Con el tiempo entendí que Roots fue un disco bisagra. Influyó decisivamente en el auge del metal posterior, abrió caminos rítmicos que luego transitarían muchas bandas y, al mismo tiempo, marcó el final de una etapa en Sepultura. Hoy en día posiblemente no tendríamos a Gojira o a Slipknot sin ellos y sin la influencia de Roots.
Hoy, con la noticia de la disolución definitiva de Sepultura y su gira de despedida, he vuelto a hacer una escucha activa de un álbum que cumple 30 años. Y lo asombroso no es que siga sonando potente; lo asombroso es lo bien que ha envejecido. Esa amalgama de estilos, esa estética amazónica y ese grito de identidad siguen ahí, intactos. Al escucharlo, no solo oigo música; me veo a mí mismo, con mi camiseta de brasil con el número 10 y mi cinta recortada, descubriendo que el mundo era mucho más grande, más ruidoso y mucho más salvaje de lo que me habían contado.

