Charlemagne es posible que siga vendiendo drogas o que Holly haya conocido de verdad a su salvador, pero sin duda alguna la chica que acertaba en las carreras de caballos mantiene el talento intacto. Estos son solo algunos de los personajes que llevan apareciendo en sus canciones durante 20 años a modo de biografía deslavazada.
Hay quien no tiene miedo de subirse a un púlpito, sudar y santificar al mismo tiempo a Joe Strummer, Thin Lizzy, Hüsker Dü o el hip hop de Minneapolis. The Hold Steady lo hace.
The Hold Steady surgieron en Brooklyn en 2003 en medio de la explosión de la denominada música indie. A diferencia de los tiempos habituales de los que presume el género rock, los muchachos se juntaron ya con 35 años. No eran jóvenes, no se habían liado con la queen prom pero, como el Mississippi, arrastraban suficientes derrotas y subidones que contar.
El origen de la banda tiene lugar en Minneapolis–Saint Paul con la banda Lifter Puller, en la cual se juntan Craig Finn (principal letrista, vocalista y guitarra) y Tad Kubler (guitarra principal en THS, pero que aquí ejercía como bajista) y que ya exploraba muchos de los tropos y sonidos que serían continuados.
Una vez abandonan el Midwest (físico, pero no mental), se reestablecen en Brooklyn; Finn y Kubler reclutan a Galen Polivka (bajo), Judd Counsell (batería, que pronto sería sustituido por Bobby Drake) y Franz Nicolay (teclado).
Aunaron ya desde sus inicios varios tipos de influencias, desde el poso del heartland rock (Springsteen), el rock cristiano (mucha culpa y poca redención) o el punk rabioso (Dillinger Four).
La peculiar voz de Finn, principal motor lírico y compositivo, cercana al spoken word, sumado a su apariencia de nerd (siguiendo la estela de los rockeros con gafas iniciada por Buddy Holly), hicieron que su propuesta no pasase desapercibida.
Su primer largo, Almost Killed Me (2004), nos mostraba por primera vez a unos personajes al borde del colapso, engalanados con los gustosos riffs de Kubler y unos retazos al modo del slice of life de los cómics independientes de los 90.
Sería la trifecta Separation Sunday (2005), Boys and Girls in America (2006) y Stay Positive (2008) donde la temática, la fuerza de las canciones y el manejo de la narrativa alcanzarían su madurez y quizás su punto álgido de popularidad (es posible que alguien recuerde el videoclip de “Chips Ahoy!” emitirse en el difunto canal FlyMusic). El quinteto crearía una base de fieles, junto con unas críticas entusiastas y unos conciertos llenos de emoción, actitud y visceralidad.
Fueron definidos como una banda de bar, nada lejos de la realidad. Sin miedo a abrazar el populismo guitarrero y poco amigos de hacer ascos a los coros himnóticos.
Un ejemplo claro de ese momento dulce fue la publicación del LP en directo y documental A Positive Rage (2009), que resumía ya desde el título quiénes eran y qué estaban dispuestos a dar.
Franz Nicolay abandonaría el grupo en 2010 y ya no estaría presente en Heaven Is Whenever (2010), disco que parecía retomar allí donde acababa Stay Positive (2008), pero que, pese a los buenos números de copias despachadas, se quedaba a medio gas. La marcha de Nicolay y su característico piano se harían notar en este disco y en Teeth Dreams (2014), en los que la banda reclutaría un guitarrista extra para compensar, Steve Selvidge, e intentar reformular el sonido.
Mientras tanto, Finn inició su carrera en solitario con Clear Heart Full Eyes (2012) y desde entonces ha publicado ya seis largos, en los que su sello personal y narrativo es inconfundible, pero con grandes diferencias sonoras con respecto a THS.
Thrashing Thru the Passion (2019) supondría el retorno de Nicolay a la banda tras casi una década y una vuelta a la continuidad del sonido más característico, ahora como sexteto. Se produciría un intento de profundización en las historias y en el sonido, dejando respirar más las canciones en detrimento de los estribillos en algunos casos. Esta nueva iteración seguiría con Open Door Policy (2021) y The Price of Progress (2023).
Este segundo acto nos muestra a unos The Hold Steady perfectamente empacados, conocedores de su público, su escena y su veteranía (¿fueron alguna vez jóvenes de verdad?).
Las noches salvajes siguen en el recuerdo, pero todos los años se encargan de recordar que no han desaparecido con sus cuatro días de conciertos consecutivos en Brooklyn, sus Massive Nights.
Como ellos nos recordaban en “Constructive Summer”: “we can all be something bigger.”
