The Money Will Roll Right In: sobre la necesidad de la inconsciencia

I’m going to Hollywood

They’ll see that I’m so good

I won’t care how I feel

And I’ll get to fuck Brooke Shields

And I’ll just sit and grin

The money will roll right in

The Money Will Roll Right In (Fang, 1983) es un tema pretendidamente irónico: una crítica del triunfo por el triunfo, de la fama que no aspira a ninguna intención artística ni alberga destello alguno de profundidad.

Resulta paradigmático que se popularizase en 1992, nueve años después de su publicación, gracias a la versión que Nirvana incorporaba a sus conciertos en plena cima. En un abrir y cerrar de ojos, el tema pasó de joya oculta del underground a sonar en festivales ante decenas de miles de personas, tocado por un grupo en su punto más alto (Nevermind había salido el año anterior).

¿Exaltación de la ironía (y de Fang) por parte de la banda? ¿Autocrítica, o quizá dolor, de la propia Nirvana ante lo que le estaba pasando? ¿Un dardo a otros grupos por su vergonzoso comportamiento de rockstar?

Teniendo en cuenta el contexto de la banda, seguramente un poco de todo. Pero queda otra pregunta: ¿puede tener esta letra parte de razón?

¿Por qué lo hicieron? Porque no sabían que era imposible

Esta frase tan manida, que hasta da cosa escribir, es a veces la semilla de grandes obras y no solo una consigna motivacional de taza cutre: en ocasiones es, simplemente, una descripción de los hechos.

En realidad, ese «era imposible» suele ser más bien un «no se debe hacer» o un «aquí no se hace». De ahí que quienes rompen el molde vengan a menudo de fuera del núcleo duro de una disciplina. Ocurre en ciencia, donde los avances más rupturistas llegan casi siempre de los jóvenes, todavía poco asentados en el sistema. Y ocurre por la razón contraria en el otro extremo: un investigador o un político con veinte años de carrera invertidos en una idea tiene pocos incentivos para revisarla.

Algo parecido podría decirse de la música. Aunque hay artistas que han hecho evolucionar su obra a lo largo del tiempo, suelen ser las generaciones entrantes (con otras inquietudes, otro contexto y nada que perder) las que fundan un estilo o una escuela.

El metal como consecuencia de un accidente laboral

Tony Iommi, considerado el padre del heavy metal, dio con el sonido característico de Black Sabbath por pura supervivencia. Tras perder las yemas de dos dedos en una prensa industrial a los diecisiete años, tuvo que reinventar su forma de tocar para esquivar el dolor. Los médicos le dijeron que no volvería a hacerlo y, aquí llega el ingenio (o la inconsciencia), se fabricó unos dedales de plástico que recubrió de cuero para ganar agarre, montó cuerdas de banjo, mucho más finas, y bajó la afinación para aflojar todavía más la tensión. ¿El resultado? Un sonido oscuro y lúgubre del que nació el género. Casi nada.

Pero el caso de Iommi no es el único en el que alguien consiguió algo que parecía abocado al fracaso por pura heterodoxia (médica y sonora a la vez), ni la música es la única disciplina donde encontramos este tipo de sucesos.

El hombre que conocía el infinito

Srinivasa Ramanujan fue un matemático indio que hizo grandes contribuciones a su campo. Hasta ahí, una historia corriente. Lo singular es que fue un autodidacta formado con un manual de resultados sin demostraciones: a partir de ahí reconstruyó un siglo de análisis sin saber que ya existía, precisamente porque ignoraba qué caminos estaban cerrados, y alcanzó avances decisivos en el cálculo con procesos infinitos, esas operaciones que nunca terminan pero cuyo resultado puede conocerse con precisión.

Ramanujan hizo lo que hizo porque desconocía las normas imperantes. Y eso fue bueno y malo a la vez: le permitió trabajar sin el corsé de la academia, pero también le impedía distinguir una aportación brillante de un error, de modo que necesitó a G. H. Hardy para orientarse y descartar las vías equivocadas.

Las funciones que describió en 1920 no cobraron sentido hasta ochenta años después; hoy aparecen en el cálculo de la entropía de los agujeros negros.

El límite del conocimiento propio

¿Cuándo comienza una obra? ¿Cuándo termina? ¿Es quien la crea la única persona que puede darle significado? ¿Hace falta cierta inconsciencia para derribar según qué barreras?

Líbreme de querer responder a todas estas preguntas, pero algo de inconsciencia ayuda a veces a saltarse reglas establecidas, justamente por ignorar que existen.

Además, la resignificación siempre ha estado a la orden del día. Igual que el trabajo de un científico puede resultar aplicable en otro contexto siglos después, una pieza puede pasar de crítica ácida punk en 1983 a confesión en 1992 sin perder ni un ápice de calidad.

Por ello la dificultad no está solo en crear, sino en entender qué se ha creado, y ahí el artista no tiene ventaja sobre el público: la obra puede completarse más tarde, en un contexto que no existía cuando se hizo. Publicar es entregar algo cuyo significado todavía no está cerrado y que puede ser distinto para cada persona.

CODA: No hay un camino, no hay reglas

«Se rieron de Einstein, pero también se rieron de Bozo the Clown»

Carl Sagan

La frase del divulgador estadounidense sintetiza a la perfección que ir contra el statu quo no es bueno per se. Una obra puede ser buena o mala, rupturista o clásica, con independencia del desconocimiento con que se hiciera; y aunque ese desconocimiento anime a torcer las normas, no tiene por qué ser sinónimo de calidad.

Lo que sí produce la inconsciencia es varianza. Han existido miles de bandas que a pesar de quebrar las reglas, sencillamente, no daban la talla. Pero entre todas ellas surgen también grupos aclamados como The Velvet Underground, enriqueciendo la disciplina a largo plazo.

Parece claro, entonces, que la inconsciencia es fértil para la evolución de una disciplina aunque no prometa nada a nadie en particular. No hay camino marcado ni reglas creativas que seguir: cada artista construye, simplemente, su propia cosmovisión.