Nos despedíamos en febrero de la reseña del anterior EP de Westside Cowboy con la ilusión de recibir pronto su álbum debut y ser conducidos de nuevo a ese hábitat propio donde pop de guitarras, indie-rock y folk se dan la mano. Desde entonces, el hype ha continuado creciendo, mientras los singles de adelanto se sucedían y ellos recorrían kilómetros de carretera por toda Europa para presentar sus canciones. Con el disco en nuestras manos, anticipamos que es uno de los debuts británicos del año.
Desde el arranque arrollador con la imbatible tríada «Kick Stones (The Boys)», «Paperchains» (cantad conmigo: And it goes on and on and on) y «Dobro» como tres ganchos directos al pecho y los pies, hasta el respiro folkie del final del disco, podemos descifrar el ADN de la banda de Mánchester rastreando los restos de Pavement y el indie rock noventero, el clímax ruidoso de The Velvet Underground, la catarsis silencio-estruendo de los Pixies y el folk de hoguera en el bosque.
La sensación de cohesión a nivel técnico y conceptual confiere al álbum el carácter de un disco generacional. Guitarras y bajos suenan limpios y cristalinos, sin intención de sobresalir y trabajando a favor de las canciones. De fondo, la batería impulsa, sin alardes, la energía de la banda hacia el caos controlado. Pero, por encima de todo, destaca su insultante habilidad para las melodías y para armar juegos de voces cálidos y delicados. En las letras hay rabia y hay desencanto, hay nostalgia por el paso del tiempo. Con todos estos ingredientes sobre la mesa, de sus canciones brota esa sensación de melancolía alegre de final de verano.
En conjunto, las canciones transmiten la intensidad y naturalidad de un álbum que parece compuesto y grabado por la banda repartida entre la cama y el suelo del dormitorio de uno de ellos. Y, cuando el disco acaba, yo me quedo con ellos en esa habitación. No vengan a buscarme.
