{Zoom} The Shins: Esta canción cambiará tu vida

Garden State y manic pixie dream girls

A principios de los 2000, el cine independiente comenzó a alimentar un arquetipo de personaje femenino diseñado para rescatar de la inseguridad a protagonistas masculinos emocionalmente bloqueados a base de excentricidad, vinilos y canciones cuquis: el fenómeno de las Manic Pixie Dream Girls. Algunos ejemplos notorios fueron Kirsten Dunst en Elizabethtown, Zooey Deschanel en (500) Days of Summer o Mary-Elizabeth Winstead en Scott Pilgrim vs. the World. Garden State (2004) no inventó el arquetipo de manic pixie dream girl, pero sí lo popularizó y alimentó en esta escena entre Natalie Portman y Zach Braff.

La frase “This song will change your life” ha sido ridiculizada con razón y la escena da un poco de risa a día de hoy; pero lo que nos trae aquí es el anzuelo que supuso en ese momento esa melodía folk —a veces sesentera, a veces espectral— con una letra críptica y ecos a Simon & Garfunkel. La banda era The Shins y su disco de debut, en el que se incluía “New Slang”, ya había salido hacía dos años, pero eclosionó tarde y, en parte, gracias a esta escena; una pieza que, no por sobreexpuesta, deja de ser una canción perfecta.

Oh, Inverted World: Albuquerque y Mercer a escena

The Shins nacen en Albuquerque, Nuevo México, a finales de los noventa como consecuencia directa del agotamiento creativo de Mercer con su anterior banda, Flake Music. Si aquello era ruido, nervio y cierta herencia post-hardcore, The Shins son justo lo contrario: un indie-pop donde predominan la contención y una psicodelia muy digerible. James Mercer, su cantante y principal compositor, escribe como canta: con cierta distancia emocional, un humor seco y una tendencia al cripticismo en las letras. Hay influencia del pop británico clásico (The Smiths, The Kinks), pero también del folk americano.Oh, Inverted World (2001) es un debut modesto y extraordinario. Canciones como la citada “New Slang”, “Caring is Creepy” o “Know Your Onion!” establecen las pautas troncales del grupo, tirando hacia su lado más Beach Boys. Como si no quisieran molestar, todo está a volumen moderado, en voz baja y sin grandilocuencia. James Mercer opta por desmarcarse de sus contemporáneos del indie americano: ni tan oscuros y retorcidos como Modest Mouse, ni tan emos y literales como Death Cab for Cutie. Un debut ya entre el notable y el sobresaliente.

Chutes Too Narrow: todo encaja

Chutes Too Narrow (2003) no es solo el mejor disco de The Shins: es uno de los grandes discos del indie pop de los 2000. Todo lo planteado por James Mercer en su debut cristaliza en su segundo largo con un equilibrio perfecto entre ambición pop, complejidad lírica y una producción que realza sin suavizar en exceso ni llegar a barroquismos.

Desde el arranque con “Kissing the Lipless”, el disco muestra a una banda más segura, más rítmica y menos ensimismada. Se enriquece la producción y hay más capas, pero siempre bajo el toque jangle pop que mantenían desde sus inicios y que les da ese encanto amateur; más teclados y más juego melódico, pero también más tensión. “Mine’s Not a High Horse” y “Saint Simon” introducen un optimismo extraño, agridulce y, en ocasiones, hasta algo incómodo, consiguiendo sonar luminosos pero derrotados al mismo tiempo.

“Pink Bullets” es el ejemplo perfecto: una canción en apariencia dulce que esconde una resignación adulta, sin caer en el drama o en los golpes de efecto. Mercer no escribe sobre el dolor desde el exceso, sino desde la aceptación. “Turn a Square” o “Those to Come” expanden el registro del disco y la banda, mientras que “Young Pilgrims” y “Gone for Good” redondean un tracklist sin defectos en poco más de 30 minutos de duración.

La producción es clave: todo luce más y mejor que en Oh, Inverted World, pero no hay artificio ni sensación de arreglos injustificados. La ausencia de búsqueda de hits refuerza su sensación de permanencia. Esencial.

Wincing the Night Away: crecer sin romperse (del todo)

Si Chutes Too Narrow es el equilibrio perfecto, Wincing the Night Away (2007) es el intento consciente de escalar y explorar sin perder la identidad. En su absoluto prime, The Shins ya no son una banda de culto: tienen público, expectativas y un sonido reconocible que empieza a jugar en su contra.

La producción es mucho más ambiciosa y expansiva, y empieza a mostrar las inquietudes de Mercer por sonidos más sintéticos. “Phantom Limb”, primer sencillo, es una canción por la que sobrevuela el espíritu más ochentero de Mike Love. “Australia” introduce una energía casi saltarina marca de la casa, mientras que “Split Needles” y “Sleeping Lessons” exploran un terreno más oscuro y nocturno con acierto.Algunos experimentos no funcionan (“Sea Legs”, “Red Rabbits”, “Black Wave”) y, por primera vez, nos entregan un disco irregular donde parece que el equilibrio en el tracklist entre el pasado y la mirada al futuro no están del todo bien balanceados. La producción es tan impecable que perdemos el factor intimidad. No es una pérdida de identidad, pero sí un desplazamiento: The Shins empiezan a sonar como una gran banda indie consciente de su estatus. No tiene la espontaneidad de sus predecesores, pero sus picos son altísimos.

Después del pico: madurez, dispersión y proyectos paralelos

En 2010, Mercer lanza el proyecto Broken Bells junto a Danger Mouse y se deja llevar por sonidos más arrimados a la indietronica y un estilo más sintético, nocturno y elegante, dejando a The Shins aparcados hasta Port of Morrow (2012) y Heartworms (2017), donde se aprecia a una banda cada vez más confirmada como proyecto personal de Mercer. Hay momentos brillantes (“Simple Song” es de sus mejores canciones), pero también una sensación de calado emocional mucho menor. Son canciones muy bien escritas, pero poco memorables.

Coda: por qué seguimos volviendo a ellos

Hoy en día, The Shins están oficialmente juntos, pero en barbecho. Puede que «New Slang» no nos cambiara la vida, como decía Natalie Portman, pero es una canción a la que no cuesta volver para cerrar el círculo. Fue una evolución lógica donde intentaron crecer —a veces consiguiéndolo y otras no—, pero nunca traicionándose a sí mismos ni cayendo en la caricatura de su época. Y es que, a veces, unas canciones no tienen por qué cambiarte la vida; basta con que te acompañen.